
Ruben de Molina pertenece al entorno de las clientas de Balenciaga.
Un grupo social, sin el que el “modisto de modistos”, ni la alta costura, no hubiesen tenido cabida.
Esta entrevista nos acerca a una atmósfera, una visión del mundo y un estilo de vida que nos permite comprender para quién, para qué y para donde, ideó y realizó Cristóbal Balenciaga, sus creaciones.
Rubén tú has nacido y crecido en un entorno familiar donde la Alta Costura ha sido valorada y disfrutada.
¿Podrías describirnos este entorno?
Claro. En cualquier caso no se puede decir que fuera una familia estrictamente “normal” o convencional según la idea generalizada de “normalidad” pero tampoco merecería calificarse de “excéntrica”... Hemos sido y somos una familia discreta, que se prodiga poco, que no quiere asumir protagonismos que no le corresponden... Que siempre ha vivido las cosas de una forma íntima, personal, anónima... Una familia en definitiva, apartada de la vida social incluso en aquellos tiempos a los que hacemos referencia, y en que éramos “ricos y famosos”. En lo que a mí respecta y aunque cuento con buenísimos amigos que sí que despiertan el interés de determinado tipo de prensa es algo completamente lógico puesto que, vaya por delante, no soy ni rico ni famoso... También puedo decirte que mi entorno familiar ha sido siempre muy liberal, cultivado, tolerante, intelectualmente muy abierto, un ambiente en el cual el manejo de varios idiomas, la afición a la literatura (que no es sólo lectura) el disfrute del arte... se ha valorado y se valora muchísimo más que la fortuna y dónde quién más y quién menos ha cultivado su habilidad artística. Mi bisabuela era copista en el “Museo del Prado”, mi abuela tocaba el piano y mi abuelo el violín, mi padre es pintor... Siempre nos ha apasionado el arte contemporáneo (mi padre es un gran coleccionista al igual que mi abuela, que tiene una muy interesante colección de pintura española de los ’70 y ’80) la arquitectura, la literatura, los viajes.... Hablando de viajes, en la época en que las mujeres de mi familia se vestían en Balenciaga, tenían la costumbre de pasar fuera de España del orden de nueve o diez meses al año. Entre tres y cuatro meses en París coincidiendo con las presentaciones de los modistos; la primavera en Italia; la Navidad en Mónaco... Regresando en verano, que ese sí que lo pasaban en San Sebastián. Hasta tal punto llegaban las inquietudes viajeras de la familia que he oído contar en casa que cuando mis abuelos regresaban de sus viajes el servicio decía algo así como “ya están aquí los del circo” porque en ellos lo “normal” era estar fuera.
Háblanos de esta pasión en tu familia por los grandes modistos…
Bueno pues en primer lugar estamos haciendo referencia a una época (en lo que se refiere a la relación de la familia con la casa Balenciaga) en que lo que había era ropa a medida y en función del presupuesto de cada uno, se acudía a modistos de mayor o menor renombre o se hacían las prendas en casa si la señora en cuestión había aprendido corte y confección. En nuestro caso esta pasión (que por cierto es el término que expresa exactamente lo que en mi familia significaba la alta costura) puede considerarse que no es más que la traslación al vestuario de la otra gran pasión de que te hablaba; la pasión por el arte.
¿Por qué razón crees que Balenciaga fué el favorito de las mujeres de tu familia?
Pues sencillamente porque era el mejor, el número uno, el más exclusivo, el inimitable, y por qué no decirlo, también el más caro... Por otro lado sintonizaba magistralmente con esa vocación de anonimato que tenemos tan arraigada y de la que te hablaba antes. A Balenciaga se le llama “modisto de modistos” pienso que no sólo por su capacidad de innovación ni por su imaginación desbordante ni por la perfección técnica de sus cortes que podían servir de inspiración a los demás creadores; se le considera sobre todo “modisto de modistos” (es una conclusión personal y fruto del análisis de lo que he oído en casa) porque pese a tener un nombre conocido internacionalmente, las creaciones de Balenciaga no eran reconocibles a simple vista salvo por un experto o por otra clienta. Eligieron a Balenciaga en vez de a Dior (por ejemplo) por la misma razón por la que las maletas las adquirían en “Goyard” y no en “Vuitton”. El “mago” tenía tal capacidad de crear su propia moda reinventándose a sí mismo en cada colección que siempre fue un modisto de minorías. Balenciaga era la exquisitez, pero la exquisitez discreta y ante todo un artista que hacía únicas a las mujeres que vestía y en esa búsqueda de la excelencia y de la calidad a todos los niveles, no podría haber sido otro más que él quién se convirtiera en el favorito de las mujeres de mi casa.
Esto ya lo comentamos en otra ocasión… resulta francamente interesante cómo las mujeres de tu familia sintonizan con el maestro. Parece que se identifican con él porque comparten “elegancia, discreción y austeridad”.
¿Dirías que ellas encuentran en Balenciaga, un estilo coherente con su propia manera de vivir?
Evidentemente sí. Ten en cuenta que hacemos referencia a una época en que las casas de alta costura tenían la personalidad muy marcada puesto que iban dirigidas a un tipo de clienta o a otra. En aquel entonces se hablaba de la “silueta” de tal o cual modisto, de las “líneas” (línea Balenciaga, línea Dior... que es algo que siempre me ha hecho muchísima gracia porque no puedo evitar identificarlo directamente con el dibujo del modelo sobre el papel) La personalidad de los creadores en definitiva se proyectaba de manera distinta en el tipo de ropa que hacían siendo muy diferentes unos de otros; los modelos se creaban pensando en el tipo de mujer que les inspiraba, a la que vestían y para la que ponían a funcionar su potencial creativo. Si a eso añadimos que las prendas se adaptaban para cada clienta pero que no se permitían cambios en colores, en conjuntos ni en hechuras que no fueran consultados previamente con el modisto (rara vez concedidos puesto que en ese caso la prenda salía de la colección para convertirse en “encargo especial”) la confianza de las clientas en tal o cual casa de moda era prácticamente absoluta. En el caso de las mujeres de mi familia se elije a Balenciaga por que se produce una sintonía de intereses, gustos y personalidades. Es él quien les permite vestirse conjugando sus inquietudes artísticas con la sencillez , con la fácil portabilidad de los modelos, con la discreción, con la profundidad en el razonamiento, con la reflexión, con la fantasía inteligente... sin dejar de resultar perfectamente vestidas para el tipo de ambiente en que se desarrollan sus vidas.
¿Fué tu bisabuela la “descubridora” de Balenciaga en la familia?
La verdad es que no. La descubridora (me gusta la palabra) fue mi tía abuela, que para superar el disgusto que le causó la ruptura con su novio de siempre se marchó a Londres (hablaba a la perfección cuatro idiomas; siempre fue la políglota de la familia) encargó un “Rolls Royce”, de vuelta en el Continente se instaló en París una temporada y... se hizo un vestuario completo chez Balenciaga. Desde luego no se me ocurre una idea mejor para superar las depresiones... Estamos hablando aproximadamente del año ‘45 ó ‘46. Y supongo que el disgusto lo superó a las mil maravillas porque poco después se casó con un chico estupendo (bueno; en aquella época al menos era “un chico estupendo” quiero decir) junto a quién fue inmensamente feliz. Mi bisabuela vestía en Chanel y en Patou aunque sus preferidos hasta la entrada de Balenciaga en la familia eran Worth (que confeccionó su vestido de novia) y Jean Philippe, el hijo de Worth y que dirigió su salón me parece que hasta los años ’20. No obstante la irrupción de Balenciaga en su vestidor hizo que olvidara la nostalgia por los modistos de su juventud.
¿En qué momento, tu bisabuela, abuela y tía-abuela se decantan por Balenciaga ? Y donde?
Pues me parece que el “romance” con las creaciones del maestro se generaliza entre ellas con la boda de mis abuelos. Ya te he comentado que la pionera fue mi tía abuela a mediados de los ’40 y mis abuelos se casaron en 1.947. Sí que sé que en la maison de París confeccionaron el vestido de novia de mi abuela (un abrigo recto con la solapa estrecha en seda blanca, bajo el cual estaba el verdadero vestido, en tul) y que a día de hoy se ha perdido; el vestido de mi tía abuela que ofició de madrina (en terciopelo verde con los hombros descubiertos, imagínate la escena en una boda religiosa –no quedaba otra- del Madrid de la posguerra) el de mi bisabuela (en crêpe color negro, manga corta y guantes hasta el codo) todos con sus correspondientes tocados, guantes y zapatos, y a juzgar por la lista de invitados, casi podría asegurar que en la casa de Madrid se confeccionó sin duda el de más de una invitada. Pero creo que en lo que respecta a mi bisabuela, mucho más relevante que su primer vestido del “maestro” puede ser, por así decirlo, su relación con el último ya que pidió ser enterrada con su balenciaga preferido; un vestido de noche negro, con cola, enteramente confeccionado en encaje... y huelga decir que su deseo se cumplió a rajatabla.
Esto que cuentas sobre tu bisabuela, es revelador. Existen numerosos estudios sobre la relación que establecen las clientas con sus prendas y cómo éstas influyen en sus propietarias. Pueden llegar a ser una “segunda piel” y ejercer un efecto psicológico muy positivo. De seguridad y confianza en quien las lleva…
Todo lo que comentas es cierto, y ten en cuenta que hablamos de una mujer enamorada de la belleza en todas sus manifestaciones y con un gusto exquisito que vistió alta costura de París toda su vida. Reconozco que me resulta extraña la petición de ese deseo que realizó formalmente a sus hijas “en plena salud” por así decirlo, pero por otro lado tampoco deja de parecerme coherente con el tipo de vida que había llevado. Si no puedes hacerte enterrar con un cuadro ni con una escultura... ¿Por qué no hacerlo con tu vestido favorito? No obstante te repito que desde algún punto de vista, me sorprende esa última voluntad porque no muestra sino cierta debilidad “fetichista” sin que me pare a cuestionar por qué pediría algo semejante. Habiéndome educado en el respeto al prójimo, supongo que tendría sus razones para actuar de ese modo y tampoco entro a enjuiciarlas pero indudablemente, es chocante.
¿Fué tu bisabuela la que trasmitió esta pasión por la belleza a sus hijas?
Si te refieres a la pasión por la alta costura y por el arte en general en todas sus manifestaciones, desde luego que sí; era una mujer de una fortísima personalidad y todos sus hijos coincidían en que hacía gala de una inteligencia clarividente. Interna desde muy pequeña en el Colegio de la Asunción de París (el mismo al que después fueron enviadas sus hijas) en su juventud estudió pintura con Helleu. Como te comentaba, terminó siendo copista en el ”Museo del Prado” (especializada en Tiziano) y desarrolló una perfección técnica asombrosa, teniendo en cuenta además que se trata de cuadros de un tamaño enorme. Como te decía, fue ella la que en contacto con la alta costura desde muy joven (Lanvin, Paquin, Chanel, Patou, Grès, Poiret, Worth, Jean Philippe que yo recuerde) y con las vanguardias artísticas que entonces seguían teniendo en París su epicentro, crea el sustrato en el que con posterioridad se van desarrollando las vidas de sus hijos, de sus nietos y hasta de sus bisnietos con absoluta fidelidad a su manera de entender como tiene que ser la educación de un joven.
Lo que me dices, me hace recordar que Balenciaga se inspiró en el Barroco español, el retrato goyesco… y durante toda su trayectoria profesional, su obra estuvo influenciada por el arte y los artistas que frecuentaba…
¿Quizá ésto es algo que tu bisabuela, como “mujer cultivada en las artes”, percibió en la linea de sus creaciones y le sedujo especialmente?
Sin duda. Además, tratándose de una mujer tan racional (aunque pueda parecer paradójico) necesitaba encontrar el “por qué” de cada una de las facetas de su vida y seguramente eligiera a Balenciaga porque sus creaciones aparte de un allure muy particular tenían una causa, una razón... No eran sólo vestidos o trajes; eran una proyección de la personalidad de la clienta pasada por el tamiz del modisto pensada para ser exhibida en una en una atmósfera concreta... La manera como uno se viste es reflejo de la propia personalidad (a veces incluso en sentido inverso) y a mi bisabuela le seduce el “maestro” porque cree adivinar que éste se dirige a un tipo de mujer que se identifica con esa parte simbólica encerrada en todas las cosas (en el caso de Balenciaga sus permanentes guiños u homenajes al Arte Español) y esto encaja perfectamente con el empeño de mi bisabuela por ser ella misma en todo momento siendo el rasgo más marcado de su personalidad la vocación artística.
¿Durante cuantos años fueron clientas de Balenciaga?
En casa fueron clientas de Balenciaga prácticamente hasta el cierre de la maison a finales de los ’60 y además se produce la coincidencia de que en 1.967 la familia sufre un revés que hace que “el sueño se rompa” y que nada vuelva a ser como antes. De alguna manera el final de aquella época que terminaba con Balenciaga coincide también con el final del modo de vida que habían venido llevando los míos.
De qué Casas eran clientas?
De “Eisa” en Madrid y de la maison de París aunque sí es cierto que debido a esa vocación viajera de que te hablaba, me atrevería a decir que la mayor parte de los encargos los hacían en la de París.
¿Acudían las tres a las presentaciones de las Colecciones de Temporada?
Sí claro. Todos los años en junio o julio y hacia diciembre o enero creo recordar se instalaban en el hotel “Meurice” de París y asistían a los desfiles. He oído contar en casa que las presentaciones de Balenciaga se desenvolvían en una atmósfera tan distinguida, de tintes tan aristocráticos, todo era allí tan exquisito, que muchas clientas acudían acompañadas por sus damas de compañía. No sé; como si fueran a visitar al Emperador... Más adelante, tras el regreso de Chanel y tras la apertura de la maison Givenchy también acudían a las presentaciones de éstos pero, y fíjate de qué modistos estamos hablando, jamás oí contar ninguna anécdota de ese tipo de las presentaciones de las colecciones de nadie. No obstante una vez que Balenciaga entró en sus vidas los demás quedaron digamos que “eclipsados” en sus preferencias.
¿ Le conocieron al modisto personalmente? Y si es así… qué relación mantuvieron con él?
Mi tía abuela sí fue presentada al “mago” pero aparte de que era un señor muy serio, muy imponente, “con el porte de un verdadero artista” no recuerdo haber oído nada más. Tú sabes que eran raras las clientas a las que Balenciaga probaba personalmente y que no era un hombre que se prodigara mucho... La relación, si la hubo, tuvo que ser sin duda muy superficial... Pero tampoco conoce uno siempre personalmente al creador de los cuadros que cuelga en su casa y eso no impide que se sienta abstraído por su arte.
¿Qué tipo de vida social llevaba una clienta de Balenciaga, que en el día, podía necesitar cambiar hasta 4 y 5 veces de ropa?
En el caso de las mujeres de mi familia el día a día era un poco “particular”, como te puedes imaginar por no decirte que prácticamente inexistente... Pasando fuera la mayor parte del año, los escenarios en que lucían las creaciones del “mago” eran el hotel “Meurice” de París como te he mencionado; el “París” de Montecarlo; el “Negresco” de Niza; el “Excelsior” de Venecia; el “Gran Hotel” de Roma... Era una época en que las personas se vestían adecuadamente según la hora del día y de forma distinta para desayunar, almorzar, cenar... Existían las tenues de soirée para las salidas a la ópera o al teatro, los tailleurs para las actividades de la mañana (la ruta de museos, las exposiciones, los monumentos, las galerías de antigüedades...) los vestidos de cóctel para las citas de por la tarde con amigos de ese entorno internacional, para las presentaciones, para las inauguraciones... Los vestidos de noche maravillosos (sueños hechos realidad que decía mi abuela) para las recepciones en alguna Embajada o para el “Baile de la Rosa” de los Príncipes de Mónaco que en aquella época todavía se celebraba en los salones del hotel “París”... Escenarios siempre muy exquisitos como ves, pero eliminando la parte de “frivolidad” que evidentemente tiene el hecho de pasarse la vida de hotel de lujo en hotel de lujo, no se trata más que de la búsqueda de entornos bellos para el embellecimiento del espíritu; no sé si me explico correctamente. Igual puede ayudarte a entender esta idea lo que decía mi abuela en el sentido de que “siendo el hombre un animal social, lo mejor de la sociedad sería por tanto la gente más inteligente, la mejor educada, la más respetuosa, la que mejor conversación tuviera, la mejor vestida...” y pienso que es cierto, y que entonces más que ahora, las posibilidades económicas garantizaban de algún modo una mayor aproximación a la cultura, un interés en resultar educado, una observancia de los modales... No de una manera generalizada por supuesto (gente vulgar ha habido siempre y en todos los ambientes) pero los “privilegiados” por así decirlo, tenían más conciencia de su privilegio y se aprovechaban de él a mayor escala. Este tipo de cosas (la buena conversación, el razonamiento inteligente, la discreción, el respeto al prójimo, la belleza, la excelencia en definitiva...) tenían valor por sí mismos y al margen de las circunstancias en que uno hubiese nacido, si por las razones que fuera se veía relacionándose con personas de un nivel adquisitivo o cultural superior, él mismo se preocupaba de adquirir un cierto nivel educacional que le permitiera desenvolverse con soltura en los ambientes que frecuentaba, que es algo que a día de hoy a penas pasa, valorándose mucho más el figurar, el aparentar, el “estar” (para poder decir luego que has estado, la mayor parte de las veces) que el “ser”, y dentro de ese “ser” para mi familia ha sido siempre fundamental la interacción con el entorno. Un entorno exquisito (hablando de personas inteligentes, claro) te aproxima mucho más a lo que de exquisito hay en ti. Creo que cuando se vive la vida de una manera consciente entendiendo el simbolismo que encierran los lugares donde ésta se desenvuelve, la ropa que uno viste, los artistas que frecuenta, la música que escucha y su por qué y su significado uno se acerca mucho más a la versión mejorada de él mismo.
¿Conservas recuerdos de tu infancia de días así?
Sí, claro que he vivido alguna ocasión de “gran gala”, especialmente en vida de mi abuelo que falleció cuando yo tenía unos dieciséis años. Recuerdo por ejemplo el cóctel que ofrecieron mis abuelos la víspera de la boda de su ahijado, Príncipe de Hungría para más señas. Recuerdo estar presente en la alcoba de mi abuela mientras dos doncellas le ayudaban a vestirse; recuerdo un vestido de gasa hecho como de pétalos color tabaco, recuerdo haber sabido años después que aquel vestido, encargado bastantes años antes y que tan bien se seguía adaptando a las medidas de mi abuela, era una de las creaciones más conocidas de Balenciaga. Después, con lo que mi abuelo llamó irónicamente “nuestra entrada en el mundo real” evidentemente todo se hizo más prosaico, pero las siguientes generaciones también vistieron alta costura de Balenciaga de los años ’50 y ’60 que si bien “prestada” y no realizada especialmente para ellas seguía luciendo tan fresca como el primer día. Recuerdo que con ocasión de su petición de mano, mi tía Francesca (una de las mujeres más bellas que he conocido) lució un dos piezas de mi abuela; la falda en línea strict a media pierna y la chaqueta recta y a la cadera con cuello redondo y abotonada en la espalda. O a otra de mis tías en un acontecimiento familiar con un tailleur también negro bordado de arabescos y piezas de azabache, e incluso a mi propia madre, que no es hija sino nuera, con un tres piezas de los llamados “de cintura basculante” (falda, chaqueta y chaleco) de mi tía abuela (increíble la coincidencia de tallas; no hizo falta retocarlo ni un ápice) de los años ’60 en plenos años ’90 y absolutamente radiante, puesto que al retirar la chaqueta (corta, línea trapecio, a la cadera) el chaleco y la falda hacían el efecto de un vestido ceñido con los botones en oro viejo rayado, bellísimos. Y también parte de la bijou couture (la que no forma parte de los fondos de la Fundación) sigue siendo utilizada por las mujeres de mi familia, como por ejemplo el pesadísimo pero deslumbrante collar de azabache y oro también de Balenciaga que lució mi madre hace ya algunos años en la recepción del 14 de Julio de la Embajada Francesa... y que tuvo que devolver al joyero de mi abuela “a la menor brevedad posible”, que todavía se siguen pasando de unas a otras.
Ruben, me impresiona el conocimiento que tienes de los tejidos y las descripciones tan precisas que haces sobre los diferentes modelos que mencionas…
Si realmente tengo algún conocimiento sobre "tejidos y cortes" no se debe más que al hecho de haberme criado "a las faldas" de esas mujeres cuyas vidas peculiares y sorprendentes, nos ocupan.
Supongo que me encontrarían especialmente interesado y de ahí que pensaran en mí como el receptor ideal de toda esa información. Reconozco que me siento orgulloso de que decidieran nombrarme precisamente a mí su “heredero espiritual”.
Tu familia hizo una importante donación de prendas de Fantasía a la Fundación Cristóbal Balenciaga. ¿Podrías decirnos qué piezas de tu familia forman parte de estos fondos? y ¿Qué les impulsó a hacer esta donación?
Hasta donde llega mi conocimiento, las piezas más importantes o las más emblemáticas o las más elaboradas se encuentran en la Fundación hace bastantes años. Allá por los’80, creo recordar, algún comisionado de la misma estuvo en casa catalogando los modelos y supongo que asumiendo que fruto de la evolución de las costumbres sociales ya no habría ocasión de lucir aquellas maravillas, mi abuela y mi ti abuela los fueron entregando a los conservadores del museo. Tiene que haber un poco de todo, de eso estoy seguro. Vestuario de mañana, de tarde, de noche... Desde luego no es pragmatismo de lo que hablamos, cuando se tomó la decisión de donar a la Fundación de los balenciagas de la familia, ni se trataba de “deshacerse” de un montón de ropa inútil que ocupaba un sitio relevante en los armarios, sino que plenamente conscientes de haber sido partícipes de un momento único en lo que a Historia de la Moda se refiere y llegadas ciertas alturas de la vida, estas clientas consideraron que el mayor homenaje que le podían hacer al “mago” era “devolverle” sus creaciones. Estoy seguro de que de algún modo tuvo que costarles tomar esa decisión; en parte por la vanidad femenina y por el amor a las cosas bellas, en parte por los recuerdos asociados a tal o cual vestido, también por el cariño que habían puesto en su conservación y su cuidado durante todos los años en que fueron sus “usufructuarias”... Ten en cuenta que “en los tiempos de esplendor”, dentro del personal doméstico de casa había una modista en plantilla que cada cierto tiempo venía y se dedicaba a repasar los vestidos; restauraba bordados, reponía botones, reparaba encajes... Es decir, que conscientes de que lo que estaban portando sobre sus hombros eran auténticas joyas (creo recordar haberle oído contar a mi abuela que la clave de los balenciagas es que descansaban sobre los hombros) se preocuparon muchísimo tiempo antes de que eso se valorara del “mantenimiento” de sus modelos de alta costura. Es cierto que alguno de los tailleurs (que mi abuela sigue utilizando) así como algún cóctel (que usan mis tías) siguen en casa, pero como te decía el grueso de la colección ha sido ya entregado. Sin duda habrá también tocados, sombreros, bijou couture... Un poco de todo; ejemplos de todas las piezas que constituían el vestuario “corriente” de una señora “poco corriente” de aquella época con altas inquietudes estéticas. No obstante, creo importante destacar que la donación se hizo por persona interpuesta... Imagínate hasta que extremo llegaba la obsesión de las mujeres de mi familia por pasar desapercibidas y conservar su anonimato. Es cierto, como ya te he comentado que para ellas la alta costura era el único arte capaz de ser portado, pero tampoco le daban al vestuario más importancia que la del goce íntimo. Ni los balenciagas eran tan reconocibles ni para una señora que podía permitírselo constituía nada extraordinario el acudir a las maisons de los modistos más afamados de su época. Y nada más lejos de mi intención que hacer de menos al “mago” (eso sería absurdo, inútil y estúpido por mi parte) simplemente quiero dejar claro que dentro de la educación que he recibido, y que ha sido herencia directa de las mujeres que venimos hablando, la ropa, siendo la primera información que damos a los demás acerca de nosotros mismos, no tiene más que una importancia relativa y que en cualquier caso deberíamos anteponer el placer secreto de ser conscientes de cómo una seda te acaricia la piel, de cómo un cashmere sigue todos tus movimientos o de como una chaqueta bien cortada se adapta con naturalidad a cada uno de tus ángulos, a la vulgaridad hoy generalizada del aparentar, del figurar, del “que se note” y del “usted no sabe con quién está hablando”, frente a lo cual no hay más respuesta posible que la del “Se equivoca, sí lo sé; estoy hablando con un imbécil”.
Después de haber sido testigo del disfrute de muchas de estas creaciones en tu familia, de haber visto a tu abuela, tía abuela y bisabuela vistiéndolas… ahora que pertenecen a la Fundación Cristóbal Balenciaga, sabes que la próxima vez que las veas, será en la exposición de un museo.
¿Cómo te gustaría verlas? ¿Qué piensas qué se debería transmitir a través de esta exposición?
Pues sinceramente... No sé si llegaré a ver los modelos de la familia... No me despierta ningún tipo de curiosidad (por extraño que pueda parecer) ver de nuevo lo que ya he visto realzando la belleza interior y exterior de mujeres que han significado tanto para mí, descontextualizado respecto de ellas. Lo que yo haya “vivido” o “sentido” en relación a Balenciaga pertenece a otra dimensión; hace referencia directa a un modo de vida del que el “maestro” fué indudablemente “cooperador necesario”, pero aquella época ya pasó y soy muy poco nostálgico... No conservo ningún tipo de sentimiento de “propiedad” sobre esos vestidos, trajes, sombreros... de que venimos hablando, aunque obviamente prefiero que estén en un museo a en una de esas tiendas de ropa de segunda mano que parecen “mausoleos” de un pasado que para muchos “fue mejor”. Confío plenamente en que en base al primor con que fueron confeccionados y a toda la carga no sólo estética sino artística que encierran serán tratados con cariño, con delicadeza, con respeto, con conciencia... Pero la ropa (incluída la alta costura) se crea para ser vestida. Del mismo modo que muchas veces uno no termina de apreciar las virtudes de una prenda hasta que se la prueba y la “personalidad” de la prenda y la de su portador “interaccionan”, no sé si unos vestidos ciertamente maravillosos pero expuestos tras los cristales de una vitrina y sobre un “maniquí” serán capaces de transmitir todo el “espíritu”, las vivencias, el aura que encierran, en un escenario tan alejado de las circunstancias para las que fueron concebidos aunque espero que sí.. Los bienes materiales son perecederos. Las cosas al igual que se crean pueden ser destruidas y también tienen vida propia. Su importancia no va más allá de la carga simbólica y por tanto relativa que conllevan; su valor es exactamente el que uno les quiera dar, lo que al poseedor, usuario u observador le sugieren y en base al cual las valora en una u otra medida. Y aquí sí que entra directamente en juego la subjetividad más personal e intransferible. Nada es eterno; sólo los recuerdos, las sensaciones, las pulsiones del espíritu que somos incapaces de traducir a palabras y que se manifiestan de manera inconsciente en cada uno de nuestros gestos, sueños, reflexiones... permanecen y me temo que nada más que mientras seamos capaces de conservar la memoria. Ésta reflexión puede resultarte extraña, pero supongo que también sea fruto de un aprendizaje; te pondré un ejemplo: A los doce años me “enamoré” de una acuarela de cierto pintor muy conocido que en aquel momento se encontraba a la venta en una galería en la que fui a caer por casualidad. Tras mucho “batallar” con mi padre insistiendo sobre lo que ese cuadro me “decía”, por qué me sentía tan identificado con él y la ilusión que me hacía tenerlo, se decidió (por fin) a regalármelo por Navidad. No te puedes imaginar mi felicidad, mi orgullo, la sensación que me invadió de que ya no necesitaba más... Cual sería mi sorpresa cuando a las pocas semanas vinieron a llevársela, puesto que mi padre se había comprometido a que la acuarela se exhibiera en la colección permanente de la fundación dedicada a su autor... Le pregunté a mi padre que por qué, si era mía y él me respondió que el arte no nos pertenece; que es patrimonio de todos o que al menos debería serlo y que si a mí esa acuarela me sugería tanto, no podía limitarla exclusivamente a mí propio placer; que tenía la obligación de compartirla; que yo no era nada más que “el hijo del señor que se podía permitir pagar su precio” y que sin que la acuarela dejara de pertenecerme puesto que era un regalo que él me hacía, esa circunstancia no me daba derecho a monopolizarla en detrimento del goce de los otros... Lo entendí perfectamente. En la misma línea argumental y en lo que respecta a los balenciagas de la familia espero que quienes sean capaces de apreciar toda la “magia” aprisionada entre las costuras de esos vestidos; que quienes sean capaces de dejarse un poco “arrastrar” por lo que sientan al contemplarlos captando ese “algo” que va más allá del diseño, del tejido o del corte pero que es consecuencia de la coherencia de esos tres elementos; que quienes por la razón que sea no hayan tenido la oportunidad de conocer para qué tipo de ambiente fueron ideados; que los apasionados del “maestro”; los profesionales de la moda; las señoras que durante su juventud sólo podían soñar con vestir balenciagas, disfruten al máximo de su exquisitez, de su poder para evocar las connotaciones estéticas, artísticas y culturales de la época que reflejan... Y que todas estas sensaciones sean en la medida de lo posible tan enriquecedoras para ellos como en su momento lo fueron para mí. Yo ya me crié entre balenciagas y retomando lo que te decía acerca de “la vida propia de las cosas” ahora les toca a otros “aprovecharse” por así decirlo de todo lo que el arte puede hacer para convertirnos en “algo mejor de lo que somos”. Respecto de lo que me preguntas acerca de “qué querría que la exposición transmitiera” creo que al hilo de lo que te he dicho me gustaría que fuera capaz de reflejar ese “modo de vida” no sólo bello sino también intelectual de que te hablaba, y por encima de todo que contribuyera a la difusión y a la conservación de la obra que un artista de la talla de Cristóbal Balenciaga merece.
-Esta pasión en tu familia por la Alta Costura, ¿ha influido en tí de alguna manera?
Pues seguramente sí, de una manera inconsciente a la vez que arraigada en lo profundo de mi ser como todo lo que uno aprende de pequeño. Sí me ha desarrollado cierto instinto para reconocer la calidad de un tejido, la precisión de un corte, el reconocimiento de la genialidad de un diseño, la admiración por quién se esfuerza en hacer cosas nuevas... La pasión por la creación, por el arte, por la belleza... La plena conciencia de que nada tiene que ver vestir en Saint Laurent con hacerlo en Zara aunque haya mucha gente que nunca vaya a notar la diferencia. Y en lo que a la influencia de Balenciaga se refiere, sí reconozco que aún siendo español, como los parisinos du quartier de Saint Germain combino marrón y negro con total confianza en que “sí que se puede”. Y también es cierto que este tipo de experiencias de que estamos hablando uno sólo puede compartirlas con quién haya vivido algo igual, que para la mayor parte de los conciudadanos es algo mucho más próximo a la frivolidad que al arte y que cuando te has educado de determinada manera no terminas de sentirte plenamente a gusto sino con quién se ha educado de forma similar y entiende por tanto las cosas como las entiendes tú.
Cual es tu opinión acerca del tratamiento que se le está dando a la figura de Cristóbal Balenciaga en la actualidad?
Creo que de alguna manera sigue siendo lo que fue; un “modisto de modistos”; un creador para minorías; un artista para una élite... Nunca tuvo la difusión de un Dior ni lo pretendió jamás lo cual no ha impedido que a día de hoy Balenciaga se encuentre en los museos. Se editan libros sobre su trabajo, se le organizan exposiciones con repercusión internacional, se recopilan sus creaciones... En su caso se podría decir que ha dejado la moda para entrar en el arte, que creo por otra parte que es el mayor reconocimiento que se le puede hacer a un artista independientemente a la disciplina en que desarrolle su capacidad creadora. Y me parece normal que siga siendo “minoritario”. Balenciaga es el jazz de la costura; requiere un proceso de aprendizaje previo, una trayectoria estética, casi un camino iniciático antes de llegar a entenderle. Además desde la recuperación de la casa, el nombre ha vuelto a la primera fila de la actualidad de moda, pero no deja de ser paradójico que el creador que se retiró ante la invasión del prét-à-porter vea su nombre en la etiqueta de creaciones de prét-à-porter de lujo, sin que haya ni la más mínima sombra de recuperar la casa para la alta costura. Tampoco sé si eso tendría algún sentido. Estuve en París hace unos días, y siempre hago parada obligatoria en “Le Bon Marché”. Cual sería mi sorpresa cuando al interesarme por una blusa, la dependienta del corner de Balenciaga por Nicolas Ghesquière, me dice que ya está todo vendido... y que si quiero me apunta en lista de espera. Sigue siendo sinónimo de “lo máximo”, de eso no hay duda pero ¿Le habría gustado a él que otro diseñador (seguro que genial) pero que ni siquiera se formó en la maison firmase diseños con su nombre? Tengo mis dudas, sinceramente... Un modisto que ni siquiera concedió licencias, cuyas prendas se confeccionaban en los talleres más exquisitos de París, el creador de la “antimoda” ¿Con lista de espera respecto de un prét-à-porter que ni siquiera ha sido ideado por él? Mi posición frente a que los nombres sigan en forma de “marca” aún cuando los creadores a quienes uno les asocia ya no están, no la tengo nada clara... Es admirable la fidelidad de Lagerfeld al estilo Chanel, la renovación de Saint Laurent gracias a Pilati... pero ¿No se reivindica la moda como arte? ¿Y es que acaso alguien sigue firmando cuadros realizados en el estilo ampliamente reconocible de Braque o de Modigliani en nombre de Braque o de Modigliani? Respecto de esta cuestión ya te digo que estoy un poco perdido...
Últimos comentarios